LA EXPEDICIÓN “AROUND NORTH AMERICA” EN LAS COSTAS DE ALASKA
Acapulco, 8 de octubre de 2008
La expedición “Around North America. Artic Odyssey – A Voice in the Wind ” que circunnavega América del Norte estudiando y difundiendo los efectos del cambio climático en las costas norteamericanas, ha finalizado su travesía por el archipiélago del Distrito Franklin y el mar de Beaufort, al norte de Canadá y Alaska, respectivamente.
Las noticias que reportan sobre las condiciones climáticas, de la flora y de la fauna, así como de los habitantes de esas regiones, no son nada optimistas, a tal punto que, con sus propias palabras, “no se imaginaron ni por un segundo ser testigos de semejantes cambios en tan poco tiempo en esa región”.
Lo primero que llamó la atención de los expedicionarios es la falta de hielo flotante a lo largo de 2500 kilómetros en el mar de Beaufort. Este fenómeno que favorece la navegación en la zona, propicia a la vez el desarrollo de nuevas rutas marítimas cuyo tráfico acelerará el deterioro de la región.
Los problemas de erosión costera, migración y cambio de hábitos de especies animales a causa del calentamiento de la región, pueden apreciarse a simple vista. Son dramáticas las imágenes de dos osos polares en apuros: uno sosteniéndose apenas sobre un trozo de hielo donde antes cazaba focas sobre una extensa llanura helada, y el otro hurgando en un contenedor de basura en busca de alimento.
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Los habitantes de la región se muestran preocupados y desorientados, pues si bien es cierto que estos cambios pueden propiciar la explotación de recursos naturales, lo cierto es que todavía no tienen idea de cómo explotar esos recursos en el marco del cambio climático global, protegiendo el frágil equilibrio de las regiones polares.
Por otra parte, la tensión geopolítica se ha agravado en la región ya que varios países pretenden extender su soberanía sobre grandes extensiones del fondo marino para explotar recursos minerales, accesibles ahora por la desaparición de las capas del hielo. No fue casual entonces, que los expedicionarios coincidieron en el puerto de Tuktoyaktuk, con el primer ministro de Canadá, quién llegó a reafirmar la soberanía canadiense sobre estas inmensas regiones.
Tras haber dejado atrás estas regiones vecinas del océano Glacial Ártico, el velero de la expedición, el “Southern Star”, ya en el océano Pacífico, arribó a la isla de Unalaska, fondeando a la vista de la iglesia ortodoxa de sobrias y limpias líneas arquitectónicas.
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Debido a que compartimos el mismo océano, tenemos con esta isla un futuro común, pues lo que suceda en ella a causa del cambio climático, no tardará en replicarse entre nosotros.
Pero con la isla de Unalaska no sólo tenemos cita hoy y en el futuro. En el pasado, los acontecimientos que se suscitaron en ella también incidieron en el rumbo de la economía y de la política de la costa del Pacífico novohispano y en la geopolítica mundial de la época, en vísperas de un México inminente.
Esta es la historia:
A finales de la primavera de 1788, zarpó del apostadero de San Blas, en la costa del actual estado de Nayarit, la fragata “Nuestra señora del Rosario” (alias “La Princesa”), al mando del alférez de navío D. Esteban José Martínez. La acompañó en este viaje rumbo a Alaska, el paquebote “San Carlos” (alias “El Filipino”), comandado por el piloto D. Gonzalo López de Haro.
El viaje respondía a dos reales órdenes giradas en Madrid, el 25 de enero y el 21 de julio de 1787, en las que se ordenaba al virrey de Nueva España que organizara un viaje de inspección por las costas de la Alta California. Acatando esas órdenes, el virrey Manuel Antonio Flores ordenó a los expedicionarios de ambos barcos, inspeccionar las costas de Alaska en busca de asentamientos rusos y británicos.
Según los funcionarios del gobierno español, los rusos habían sido vistos en la región por Juan Francisco de Laperouse en Nutka –costa suroeste de la isla de Vancouver-, en la entrada del Príncipe Guillermo y en las islas de Trinidad y Unalaska en al sur y suroeste de la península de Alaska.
En cuanto a los británicos, a la corte en Madrid llegaron informes procedentes de Londres acerca del arribo del capitán James Cook a las costas de América del Norte. En su tercer viaje, este célebre explorador navegó frente a las costas de la isla de Vancouver: cerca del río Columbia, frente al estrecho de Juan de Fuca, y se detuvo a reparar su barco, el “Resolution”, en el puerto de Nutka, al que rebautizó como Friendly Cove (Ensenada acogedora). Al concluir el viaje, en 1779, se difundió en Gran Bretaña que el sitio estaba plagado de nutrias, cuyas pieles alcanzaban altas cotizaciones en Europa y Asia. Ante tales noticias, en 1785, se fundó la King George’s Sound Company con el objeto de crear en aquel paraje una factoría para la caza de estos animales y la venta de sus pieles.
Como era de esperar, esto provocó que comerciantes, diplomáticos y políticos españoles y novohispanos pusieran el grito en el cielo, demandando a la Corona acciones inmediatas para frenar la intervención extranjera en aquellos territorios del septentrión americano que la Corona española consideraba suyos, como parte de la Nueva España.
Nuestros expedicionarios, siguiendo entonces las órdenes emanadas de Madrid, después de tomar posesión del Fondeadero de Floridablanca, tocaron la isla de Kodiak, en el archipiélago de Shumagin, continuando hacia la isla de Unimak, en la zona de la costa suroeste de Alaska, al este del estrecho de Bering.
Ya para finalizar su misión, el 3 de agosto de ese año de 1788, en el extremo meridional de la península de Alaska, precisamente en la isla de Unalaska, los comandantes españoles junto con sus tripulaciones novohispanas, fueron recibidos cordialmente por el comandante ruso Saicoof Potasf Cosmichi, quien les informó que además del establecimiento donde se encontraban, sus compatriotas -alrededor de 500- habían fundado otros en el Cabo Elisabeth, en el Cabo Rada, a las orillas del río de Cook, en la isla de Montagú, y otro más ubicado en la costa a los 61° de latitud norte. Y sin hacer caso del asombro de los comandantes españoles, también les advirtió alegremente que tenían planes para fundar otro en Nutka, en la ya mencionada costa suroeste de Vancouver, para evitar que los ingleses se apoderaran de dicho puerto. Esto transformó el asombro de los marinos españoles y novohispanos en estupor e indignación, pues el ruso ignoró olímpicamente que España ocupaba Nutka desde 1774, cuando Juan Pérez fundara allí el puerto de San Lorenzo.
Finalmente, después de fuertes discusiones y tensiones diplomáticas que casi desembocan en una guerra entre España y Gran Bretaña por la posesión de esos territorios, los rusos se quedaron con los que forman hoy las costas de Alaska, hasta que se los vendieron a los estadounidenses. A su vez, los británicos se quedaron con la región ubicada un poco al sur, en lo que hoy es la Columbia Británica canadiense.
Aunque rusos y británicos explotaron sin medida la manzana de la discordia en esta región: el comercio de las pieles de nutria, no fueron los únicos. También comerciantes novohispanos participaron en el negocio. Como muestras de ello, el 31 de enero de 1793, Nicolás Manzanel, comerciante y vecino de San Blas, promueve un expediente “para que se le venda una goleta de ese departamento con la finalidad de hacer comercio de pieles de nutria y embarcarlas para Macao y Cantón”.* Años después, el 11 de noviembre de 1802, el comerciante D.Esteban Escalante despacha 28 bultos con pieles de nutria en la fragata “Nuestra Señora de Guía” (alias “la Casualidad”), que zarpará de Acapulco con rumbo a Manila.*
Y así, rusos, británicos, españoles, novohispanos y también estadounidenses se dedicaron alegremente a iniciar lo que parece culminar con la devastación de hoy, en la isla de Unalaska y sus regiones vecinas, donde hace unos días recaló el “Southern Star” con los miembros de la expedición Around North America, que llegará a Acapulco el próximo 7 de diciembre.
*AGN, México. Ramo marina: vol. 86, exp. 26; vol. 98, exp. 26.






